Colección Memoria de Hierro

El final de la guerra: la firmeza de un socialista y esperanza en la adversidad

Pedro A. García Bilbao

Y finalmente la cruda realidad de la derrota en los campos de batalla no vino sola. Se presentó acompañada de la traición, una traición que aceleró aquella misma derrota y aún la hizo posible al arruinar cualquier otra alternativa a un desplome final absoluto. 

Para Edmundo Domínguez, como para todos los socialistas de su tiempo, su vida militante había ido paralela al devenir de España en una nación que se desarrollaba y modernizaba pese a todas las dificultades. El partido socialista (PSOE) y la UGT habían contribuido de manera decisiva en los procesos de cambio social que habían hecho posible la proclamación de la República de 1931, cuando la nación tomó su soberanía en sus propias manos y se aprestó a construir un nuevo estado, esta vez profundamente democrático y con vocación de transformación social en un sentido amplio.

Los socialistas habían protagonizado, como todos los españoles, aquellos intensos años y habían puesto sus ilusiones y sus esperanzas en vías de consecución: el pesimismo había quedado atrás aquel 14 de abril. No había sido fácil, claro, se había pasado del régimen anquilosado de la Restauración, a los años de prohibición y retroceso de Primo de Rivera, pero el error mismo que supuso la «dictablanda» auspiciada por el Rey, había abierto la puerta a la República, en la que las clases medias urbanas, educadas en valores laicos —la burguesía republicana—, y un sector avanzado de los trabajadores, organizado en sindicatos y partidos obreros con un predominio socialista casi total, consideraron haber encontrado el instrumento preciso para asegurar el progreso y la modernización de España. Cierto que los distintos grupos, y las distintas tendencias en cada uno de ellos, entendieron de forma distinta como debía ir ese proceso, con objetivos, ritmos o prioridades diferentes, pero no había nada –pensaron— que no pudiera arreglarse en el marco constitucional republicano si se hubiera dispuesto de tiempo y de lealtad a la República.

Edmundo Domínguez, desde su posición excepcional como miembro de la dirección del PSOE y de la UGT había sido tanto testigo como actor destacado de todo aquello. Para lo que no estaba preparado, ni él ni nadie de su época, fue para tener que hacer frente a un golpe de estado genocida y a una guerra atroz, de exterminio, como la que tendría lugar a partir del fracaso del golpe y la entrada en escena de la intervención alemana e italiana ya en julio de 19361.

A quienes vivieron los tiempos de Pablo Iglesias en sus últimos años, la alegría de los primeros éxitos electorales junto a los sinsabores de una monarquía que deseaba cortar el paso a la historia y a la modernización de España, la intensidad de la lucha por la unidad de la República, la inmensa esperanza de aquel abril de 1931, la formación de gobiernos y grupos parlamentarios, la asunción de responsabilidades institucionales o de partido, o, en suma, el largo camino hacia la normalización de una vida política moderna y llena de futuro, la guerra fue un golpe que no esperaban2. No todos estuvieron a la altura de lo que un conflicto así implicaba. Y muchos menos los dirigentes que estuvieron a la altura de un pueblo, éste sí, que vio claramente lo que se jugaba en aquella lucha y la asumió con firmeza. 

En diciembre de 1938, se llevaban ya 16 meses de guerra y la guerra se estaba perdiendo. Edmundo Domínguez era miembro del Comisariado Delegado de Guerra3, es decir,  comisario político del Ejército Popular Regular de la República Española, con rango de comisario de Ejército, equivalente a general. La creación del Comisariado se había revelado como algo sumamente útil, incluso imprescindible en un conflicto como aquel. Era algo rescatado de la Revolución francesa: un  soldado que haçía de enlace entre el pueblo y la milicia, que recordaba a todos el sentido de la lucha y apoyaba a los mandos al reafirmar su autoridad, una persona que velaba por la moral y la unidad de la tropa, que tenía a gala ser el primero en avanzar y el último en retirarse, la persona que les recordaba a todos por qué estaban allí y cuál era el sentido de todo aquello. Los comisarios (de compañía, de batallón, de brigada, de división, etc) tenían que ser personas conocidas y respetadas por la tropa, pues de lo contrario no podrían cumplir su función. El comisario jefe del Ejército fue el joven diputado republicano Bibiano Fernández Ossorio-Tafall, un doctor en Bioquímica y catedrático de instituto que había sido alcalde de Pontevedra y Secretario de Estado de Gobernación en el gobierno de Casares Quiroga entre abril y julio de 1936. Cuando Indalecio Prieto asumió, ya en plena guerra, el puesto de ministro de Defensa (la primera vez que este cargo recibió esa denominación), el comisariado del ejército recibió un fuerte impulso y los comisarios se reclutaron entre combatientes de confianza y que pertenecían a todos los partidos del Frente Popular y  los sindicatos. La UGT y la CNT, tuvieron entre sus afiliados a centenares de comisarios integrados en las filas del Ejército Popular Regular (EPR); en modo alguno es exacto asegurar que el comisariado estuviera dominado por tal o cual partido; asunto diferente es la actitud personal o el grado de entrega a la causa que podían tener unos u otros, aunque debemos tener claro que en esta calificación el factor personal jugó un gran papel. Edmundo Domínguez, el socialista, como comisario, fue alguien plenamente identificado con la defensa de la República y partidario de mantener la lucha sin desfallecer. 

El comisariado fue un instrumento del gobierno de la República en la difícil tarea de poner en armas un nuevo ejército, el EPR, partiendo de las milicias preexistentes y los restos de las fuerzas armadas españolas anteriores al golpe del 36. En la Armada, el comisariado jugó un papel mucho menos positivo, pues la tarea reservada a los comisarios por Indalecio Prieto a través del comisario jefe de la flota, el socialista Bruno Alonso, fue la de neutralizar el control político antifascista que mantenían los comités de buque creados en los primeros días por las dotaciones leales y restaurar la autoridad de los mandos de los buques; Alonso logró destruir los comités, pero no asegurar la lealtad y la combatividad de los mandos, algo que tendría letales consecuencias para la operatividad de la Armada4.

El comisario Domínguez Aragonés fue destinado al cuartel general del Ejército del Centro en Madrid a primeros de diciembre de 1938, con el cargo de comisario inspector del Ejército, es decir, como jefe de todo el comisariado de todas las unidades de esa gran unidad. Eran tiempos muy difíciles y a quienes como Domínguez conocían bien la situación en los frentes de batalla y en el interior de los mandos del ejército, no se les hurtaba la gravedad de la situación. Como dirigente socialista y de la UGT —miembro de la ejecutiva nacional del sindicato desde el otoño de 1937—, con un papel destacado en el comisariado del Ejército, el presidente Negrín confío en él para una muy difícil tarea en Madrid en un momento clave en el que era inminente la ofensiva final franquista sobre Cataluña.

El final de la guerra civil española ha sido una de las partes del conflicto más controvertidas. Se ha escrito mucho, no siempre con sentido, y durante años han predominado las visiones simplificadoras y propagandísticas, además de las consabidas autojustificatorias de muchos de los protagonistas supervivientes. En buena parte de toda esa literatura que ha dominado la escena tanto tiempo, se ha pretendido exponer el final de la guerra como fruto de la tensión entre los defensores de una resistencia imposible —los comunistas— y los partidarios de una paz honrosa —que serían todos los demás—, siendo los comunistas y, en cierto modo, Franco los únicos responsables del desastre final, pues la supuesta intransigencia de unos y la falta a la palabra del otro, trajeron un final abrupto y que dio paso a una sangrienta represión. El problema hubiera sido, según estas versiones, la posición del PCE dentro del ejército y del gobierno de la República. Tales interpretaciones no son sino pura ideología autojustificatoria cuando no, directamente, propaganda cercana a posiciones franquistas. Edmundo Domínguez Aragonés, un cuadro socialista histórico y de primer nivel es la prueba perfecta de lo absurdo de esta línea de interpretación. Su honradez y el ejemplo de su trayectoria como mando leal del ejército y como defensor de la República lo demuestran. No era comunista, nunca lo fue, pero junto a los comunistas, codo a codo con ellos y con otros muchos combatientes antifascistas, hizo frente a quienes dentro del EPR deseaban buscar una capitulación ante los franquistas a cualquier precio. La línea de fractura en ese triste periodo final de la guerra nunca fue comunista/no comunista sino partidario de resistir/partidario de confiar en Franco, por ofrecer una disyuntiva real, que se dio y que ejemplifica muy bien la situación histórica que hubieron de vivir en aquellos momentos.

Sobre el periodo final contamos con una obra de referencia ineludible y que representa el estado de la cuestión en este tema. Nos referimos a El desplome de la República, de Angel Viñas y Fernando Hernández, donde se recoge un completo análisis de lo sucedido. Es necesario destacar que el testimonio5 del propio Edmundo Domínguez es reconocido como uno de los más fiables y útiles para conocer desde dentro la situación del cuartel general del Ejército del Centro y en el estado mayor del coronel Casado, el oficial que organizó y llevó a cabo el golpe de estado de marzo de 1939 que arruinó toda posibilidad, si no de victoria, sí por lo menos, de una derrota no catastrófica. 

Conocemos la odisea personal de Edmundo Domínguez en aquellos momentos del final de la guerra a través de su obra Los vencedores de Negrín6, un testimonio que va mucho más allá de lo estrictamente personal pues en razón de su cargo fue testigo y actor privilegiado de los sucesos. Comienza su reflexión en aguas de Orán, donde el barco en el que logró escapar de Valencia en los últimos días tras el final de la resistencia, queda fondeado durante muchos días y su pasaje de refugiados bloqueado. Hay un largo camino entre aquel veterano sindicalista metido a comisario que llega al Madrid de diciembre de 1938 y el refugiado ante las costas de Argelia de abril de 1939, pero es un camino lleno de coherencia, de valor y de firmeza en un socialista que supo estar al servicio de la República hasta el final.

En las primeras páginas de su obra, Domínguez señala el estado de estupefacción en el que se hayan sumidos buena parte de los supervivientes que se hacinan en los barcos que han llegado a Argelia. Están entre ellos, nos recuerda, muchos de los que promovieron el golpe de Casado. Se vive el shock de la derrota, de la huida precipitada, de la debacle total en la que miles y miles de veteranos han quedado atrás sin poder escapar. Están perplejos por cómo ha acabado todo. 

«Su compromiso [con el golpe de Casado] les hace dudar, porque se creen honrados en sus intenciones, y se asombran de que sus actos puedan haber sido causa de una traición y de un delito histórico. Esta perplejidad, producto de su natural sencillo, es sincera, y es la prueba de lo fácil que fue manejarles y de su falta de visión política.

»Su confianza les ha sido fatal»7.

La mirada de Domínguez es clara. Es uno de los pocos partidarios de resistir hasta el final que ha logrado escapar, casi por un azar del destino, y ahora se encuentra rodeado de los responsables del desastre final, incrédulos de lo sucedido, vencidos por los acontecimientos. Entre todos ellos, Edmundo Domínguez nos dice con aplomo que debe narrarnos aquellos momentos que ha vivido, «los momentos más dramáticos y decisivos del final de nuestra guerra». Escribirá su obra persuadido de su obligación de dar fe de todo aquello que «no podía quedar inédito» y «desconocido». A bordo del buque Lezardrieux, hay al menos un hombre que ha sido derrotado pero no se siente vencido, cuya voluntad de lucha se mantiene intacta y tiene tranquila su conciencia, se llama Edmundo Domínguez Aragonés.

¿Cómo comenzó todo? Habrá quien responda que todo empezó con el llamado golpe del coronel Casado de los primeros días de marzo de 1939, pero hoy sabemos que no sería correcto. Los golpes no se improvisan, son fruto del cálculo y de un proceso. 

El proceso que eclosiona con la creación del golpista Consejo Nacional de Defensa, que asumirá ilegalmente el poder republicano y pretenderá una paz imposible con Franco, había comenzado mucho antes. El esfuerzo de guerra republicano durante la Batalla del Ebro ya había sido boicoteado al no producirse en la zona centro sur las acciones de distracción que estratégicamente hubieran sido necesarias. De la misma forma, tras la retirada del Ebro, el general Vicente Rojo había diseñado un plan para la defensa de Cataluña extremadamente audaz y que hubiera retrasado quizá de forma decisiva para la estrategia diplomática de Negrin, el previsible final de la guerra. El Plan P de Rojo, en su versión final, disponía un desembarcó en Motril y varias ofensivas locales encadenadas y sucesivas en el tiempo que habrían absorbido las reservas del ejército de franquista y obligado a la masa de maniobra fascista que se encontraba ante Cataluña a abandonar su presa y contraatacar en el Sur. El plan contó con el boicot activo del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos del Centro y también con el del Estado Mayor de la Armada. La Brigada Y, una fuerza especial de desembarco llegó a partir de su base para recibir finalmente contraorden. Se demostró muy pronto que al boicot se había sumado el sabotaje, pues gran parte del armamento de la tropa estaba saboteado. Esta fue la situación en diciembre y enero, cuando comenzó la batalla final por Cataluña; un claro presagio de lo que podría ocurrir si se producía la derrota militar y caía Barcelona y se vieran obligados a replegarse hacia la frontera los combatientes del Ejército del Ebro y del Este, junto al Gobierno y quien sabe cuanta población civil catalana. Puede decirse que el golpe de Casado fue causado por la derrota, pero hay base sobrada para afirmar que esa derrota fue también estimulada y acelerada por la actuación derrotista y de boicot al esfuerzo de guerra que adoptaron muchos mandos de las fuerzas armadas republicanas en la zona centro sur desde aquel verano de 1938.

A finales de diciembre de 1938, el comisario inspector del Ejército del Centro, Fernando Piñuela, diputado socialista en las Cortes constituyentes, catedrático y exalcalde de Murcia había tenido que ser destituido por insubordinación a sus superiores del Grupo de Ejércitos Centro y por no haber sabido mantener la neutralidad y la unidad de los comisarios ante las disputas políticas que sobre la conducción de la guerra tenían lugar entre los partidos del Frente Popular que componían el Gobierno de la República. Piñuela fue sustituido por otro socialista, Edmundo Domínguez, como ya sabemos.  Según nos narra éste, a su llegada se apresuró a convocar una conferencia de comisarios del Ejército, un acto de encuentro en el que los miembros del cuerpo tuvieron ocasión de expresar públicamente su posición, además de ser la instancia que permitía a los mandos señalar las nuevas prioridades o líneas de trabajo a defender. La línea de fractura, hablamos de finales de diciembre y primeros de enero de 1939, se encontraba en la posición contraria a la actuación de los comisarios del partido comunista al que además se acusaba de la destitución de Piñuela. Los comisarios comunistas eran una minoría, siendo más numerosos globalmente los de filiación socialista y cenetista; en cualquier caso, no todas las unidades eran unidades igual de preparadas o con una experiencia de combate equivalente. Durante los meses entre diciembre y marzo, Edmundo Domínguez logró mejorar el trabajo político de los comisarios y realizó un gran esfuerzo por subir la moral de sus hombres. Si los comisarios decaían, las unidades enteras también, pero como se vería muy pronto, los comisarios ni dan golpes, ni los pueden impedir.

Se ha interpretado el golpe de Casado como una especie de golpe menor, muy centrado en Madrid, con enfrentamientos en la capital y con calma tensa en el resto del territorio republicano, es decir, una especie de «golpe pero menos». Esta versión «edulcorada» no se corresponde con la realidad. El trabajo de Fernando Hernández a partir los informes escritos por todos los miembros del Comité Central del PCE que tenían mando en las fuerzas armadas, nos pone en contacto con lo sucedido en decenas de unidades, en numerosas divisiones y acantonamientos militares. El golpe tejido por los oficiales del Estado Mayor Central de la República y por los del Grupo de Ejércitos del Centro alcanzó a toda la estructura de mandos del EPR y estuvo perfectamente coordinado. En cada ciudad, en cada provincia, en cada unidad del ejército fueron detenidos centenares de mandos leales, conocidos por todos por su voluntad de mantener la resistencia y contrarios al entendimiento con el enemigo. En su mayoría eran comunistas, pero ni mucho menos todos lo fueron. La línea de fractura no era pertenecer al PCE o no, sino ser partidario de resistir y obedecer al gobierno legal o no. El golpe de marzo puso de manifiesto que la tesis de un hipotético control comunista del ejército era una falacia. En algunos territorios en los que existía una gran densidad de unidades de choque y donde la presencia de mandos aguerridos y con clara voluntad de lucha fue mayor, básicamente en Levante, el golpe no derivó hacia detenciones masivas, pues todas las partes se dieron cuenta del peligro de un enfrentamiento armado, siendo los golpistas los primeros en rechazar este escenario, derivando hacia una especie de empate técnico en el que, pese a todo, los miembros del Consejo se hacen con el control político y militar. Solamente en Madrid hay resistencia armada al golpe, mientras que en el resto del territorio, los cuadros de mando leales de los estados mayores son detenidos en sus puestos, quedando desorganizada cualquier posible resistencia. Resta por considerar lo que se pudo haber hecho o no, la valoración del PCE de la situación, las posturas de los diversos actores, un terreno en el que se ha avanzado mucho en el conocimiento de lo sucedido gracias al citado esfuerzo de A. Viñas y F. Hernández.

Para Edmundo Domínguez, como para varias decenas de otros mandos leales, el golpe supuso su detención inmediata el primer día en el mismo Estado Mayor del que formaba parte. Retenido en la posición del mando fue testigo de los movimientos y las órdenes que pusieron en marcha el golpe. En aquellos momentos, y pese a ser conocido su respeto por el Gobierno y su presidente, el coronel Casado autorizó su salida pues iba a reunirse la ejecutiva de la UGT en su sede madrileña: Casado consideraba que el apoyo socialista al golpe era positivo y tras varias mediaciones de otros miembros de la ejecutiva puestos al habla por teléfono autorizó su salida. El ahora excomisario Domínguez, ya neutralizado de su posición de mando en el Estado Mayor, sería sustituido por Piñuela, retomando éste el cargo. No fue Domínguez el único comisario socialista destituido, también lo fueron otros muchos como José Hervás o Francisco Barranco.  Fueron días de extrema confusión.

Domínguez, ahora el ciudadano Domínguez pues fue expulsado del ejército, retomó su puesto en la dirección ugetista y allí participó en las primeras decisiones. La UGT debatió el apoyo al nuevo consejo golpista y votó por participar con un representante en la junta. El designado para  participar fue Antonio Pérez; muy pronto la misma dirección de UGT caería en el clima de rechazo a los comunistas y al gobierno de Negrín. Domínguez, en minoría, se opuso, aunque aceptó el resultado de las votaciones. Se refugió en casa de unos familiares en Madrid y quedó aislado de los acontecimientos mientras comenzó la lucha por retomar la capital. Tropas de las unidades del frente al mando del teniente coronel Barceló marcharon sobre Madrid para someter a los golpistas y los combates se extienden. Domínguez, como todos los que vivieron aquellos días, siente todo aquello como un drama espantoso, en el que por las calles de Madrid, los combatientes republicanos se matan unos a otros. Las tropas de Barceló baten a las del Consejo y la situación de éste es próxima a la derrota. En las líneas del frente, las tropas de Franco mantienen una calma cómplice; en todas partes permanecen inmóviles, en otras bajan las armas para dejar pasar a fuerzas afines al Consejo, pero en algún caso también actuarán con inteligencia con los casadistas. En el sector del Puente de los Franceses, una brigada republicana se ve obligada a combatir a vanguardia y a retaguardia, causando cientos de bajas a los fascistas por un lado y rechazando a los soldados del Consejo por otro.

Finalmente, tropas de la IV División al mando de Cipriano Mera llegan desde Guadalajara y atacan a las fuerzas de Barceló. Es una lucha casi sin frentes que deja cientos de bajas. El desánimo es creciente, la moral se hunde cuando los que habían sido compañeros antifascistas ven a sus compañeros muertos en las calles de Madrid. Casado, recuperado de la crisis, pide a Domínguez que llame a un alto el fuego y éste acepta, horrorizado por la situación.

El día 12 de marzo de 1939, Edmundo Domínguez parte para Valencia por su cuenta; deja atrás su casa, sus familiares, parte casi sin nada. Nunca regresaría.

El cometido que lleva es sencillo. Como miembro de la ejecutiva de la UGT, debe ayudar en la evacuación al extranjero de todos aquellos cuadros socialistas y ugetistas que fuese posible lograr. La situación que encuentra en Valencia es muy distinta de la vivida en Madrid. De nuevo la peripecia personal de Domínguez, su capacidad para moverse en los entornos militares, políticos y gubernamentales, nos brinda una ventana por la que observar aquellos días finales. Constata así que las disposiciones para una evacuación organizada brillan por su ausencia y que la actuación del Consejo raya en lo criminal al no contemplar ninguna opción alternativa si se produjese un fracaso en las negociaciones con el enemigo. 

El desarrollo de los acontecimientos se precipita. La Armada, ahora sabemos que los mandos estaban en inteligencia con Casado previamente, escapa de Cartagena arrebatando a la España leal su última baza estratégica y la posibilidad de una evacuación masiva, y casi de inmediato se produce el movimiento de Casado en Madrid y en todo el territorio. Sólo hay resistencia armada en la capital como indicamos, pero falta una acción antigolpe decidida y coordinada. El hecho es que quienes asumen la responsabilidad de sustituir al gobierno y entablar negociaciones con el enemigo, una vez han movido sus piezas crean una situación insostenible, pues una «guerra dentro de la guerra» hubiese sido un drama dentro de un drama. La marcha del gobierno al extranjero se vuelve imperiosa, pues de caer prisionero de los golpistas el desastre hubiera condicionado la suerte posterior a la guerra, no solamente era un problema del destino de sus miembros. 

El Consejo Nacional de Defensa, mientras Domínguez vive aquellos días en Valencia, mantiene una retórica de resistencia a ultranza al tiempo que intenta mostrar que la posibilidad de un acuerdo con Burgos es posible y que, de no serlo, «se resistirá». En las semanas entre el golpe y el colapso final, la retórica anticomunista se adueña de las radios y la prensa sometida al Consejo. En su delirio, los casadistas se niegan a considerar la naturaleza real de la guerra impuesta por Franco, una guerra contra la democracia, el liberalismo, la república, los derechos humanos, la tradición ilustrada, el laicismo, el movimiento obrero y todos los valores democráticos y de izquierda. No, para los partidarios del Consejo Nacional de Defensa, todo eso se puede obviar, pues el problema son «los comunistas», una vez «entregados» los responsables, se puede llegar —creen entender— a un acuerdo entre los militares profesionales de ambos bandos.

A medida que pasan los días se hace patente el colosal engaño que se fragua. No va haber «acuerdo entre caballeros», ni un nuevo «abrazo de Bergara», la confianza desesperada deja paso al pánico y al colapso final; cientos de militantes antifascistas están presos en las cárceles del Consejo y muchos de ellos cambiaran de carceleros con la entrada de las tropas franquistas, otros serán puestos en libertad trocando una celda estrecha por una trampa más ancha, la España leal que aún resistía pero de la que será muy difícil escapar cuando los frentes se hundan. No habrá piedad para nadie, juntos serán encarcelados de nuevo y juntos serán ejecutados por miles tanto los que resistieron hasta el último momento como los que creyeron las mentiras del enemigo y creyeron comprar sus vidas entregando a sus compañeros.

El día 25 de marzo de 1939 tiene lugar una ejecutiva nacional de UGT en Valencia en la que casi se producen enfrentamientos a golpes, pues los cruces de reproches entre partidarios de la resistencia o del Consejo se ven ensombrecidos por la desesperada situación. Domínguez preside la reunión y se ve obligado a suspenderla. Se ha hecho una lista con los miembros de los cuadros de dirección de las Federaciones ugetistas que deberán ser evacuados, pero el problema son los medios de salida: no hay prácticamente ningún buque disponible y a todo Levante están empezando a llegar decenas de miles de soldados, militantes de partidos y sindicatos, civiles, familias completas, una enorme masa humana desesperada que desea escapar de la segura represalia fascista. La huida de la Armada en los días previos al golpe casadista se muestra como un crimen execrable. En la reunión del día 25, Domínguez hizo ver a sus compañeros que aquella iba a ser con seguridad la última ejecutiva de UGT que podría celebrarse en España en libertad en muchos años y que esa circunstancia les «obligaba a todos a mantener la más estrecha unidad que facilitase nuestra vida y convivencia en la emigración», exhortando a tener eso presente en las decisiones que se tomasen. Sería en vano.

La inquina entre los derrotados llega al extremo de que se impide la salida en los escasos buques que en los días previos habían estado partiendo de Alicante, Benidorm o Valencia a los comunistas o todos cuantos hubieran luchado contra el Consejo. En otras palabras, a la traición se sumaba la ignominia de entregar a la muerte a miles y miles de personas que habían luchado noblemente por las libertades de todos.

Domínguez y sus compañeros de la Ejecutiva, pese a todo, siguen intentando buscar una solución a la evacuación que no discrimine a nadie. El día 27 de marzo, cuando la ofensiva final del enemigo está ya en marcha y los frentes se han hundido, tiene lugar un golpe de suerte. Un barco francés, el Lezardieux, bajo control del Comité Internacional de Evacuación creado semanas antes y al que el golpe de Casado y la dislocación del gobierno ha dejado desasistido, ha entrado en Valencia procedente de Alicante. En esta ciudad, donde ya hay miles de personas desesperadas, las autoridades de la ciudad se han negado a que suban a bordo los que han combatido al Consejo. El mando del buque se opone a tal orden y parten a Valencia para allí poder salvar a cuantos puedan pero sin discriminaciones. El gobierno civil de Valencia, donde se encuentra el socialista Vega, convoca a partidos y organizaciones y se elabora una lista de evacuados. El Lezardieux salvará la vida a un puñado de miles de personas, que se hacinarán en el buque hasta límites inconcebibles. La ejecutiva de UGT logra incluir a compañeros de todas las tendencias atendiendo a su mayor o menor peligro o significación. Los miembros de la ejecutiva, alguno de los cuales renunciará a la evacuación, escogen a Domínguez como una de las personas que partirá al exilio. Ante la imposibilidad de marchar todos en ese buque, miles de ugetistas dispuestos a la evacuación retoman el plan original de marchar a Benidorm desde donde probar suerte en embarcaciones menores. Poco después, en Alicante un único buque, el Stranbrock, recogerá refugiados, mientras una situación dantesca se da en los muelles, donde miles de personas se debaten desesperadas. El día que las tropas fascistas italianas rodean el puerto con un cordón de armas automáticas y carros de combate, decenas y decenas de veteranos combatientes se suicidan antes que caer prisioneros. Para los demás les queda el cautiverio y en muchos casos la muerte ante piquetes de ejecución en los meses y años siguientes. El coronel Casado y un reducido grupo de sus mandos y familiares es evacuado por un buque de guerra británico en Gandía, dejando el país entero a merced de sus enemigos. Julián Besteiro, por su parte, tiene un gesto de honradez suprema y decide quedarse en España para seguir la suerte de sus compatriotas.

La crónica de lo sucedido en marzo de 1939 es intensa y su detalle imprescindible para poder valorar lo sucedido posteriormente. En su obra Los vencedores de Negrín, como vemos, Domínguez logra hacer una buena síntesis de lo que significó el golpe para la suerte y el final de la República a partir de una posición particular como la que el detentaba en aquellos meses, pero no es tarea nuestra reconstruir el golpe o el periodo final de la guerra, sino rescatar la figura de un socialista que actuó con firmeza en tiempos muy duros y supo estar a la altura de su responsabilidad.

Con el Consejo de Defensa en Madrid actuando como autoridad de hecho en el territorio todavía leal, el gobierno Negrín se había visto obligado a escapar de la zona centro sur. La situación es caótica aunque el Consejo mantiene la falacia de que va ser posible un arreglo final con Franco.

El gobierno evacuado celebró una reunión de la ejecutiva socialista en Perpignan —es decir, ya en Francia— en la sede del Comité de Evacuación que, presidido por Zugazagoitia, estaba preparando la marcha al exilio mexicano y procurando sacar a los refugiados de los campos franceses. La ejecutiva fue muy tensa, pues los sucesos del golpe casadista eran muy graves y los enfrentamientos estaban servidos. Negrín calificó abiertamente de traidores a los socialistas —algunos de ellos cuadros históricos y miembros de la dirección— que habían apoyado a los golpistas de Casado entrando a formar parte del ilegal Consejo Nacional de Defensa. Pronto se vio que la división estaba muy extendida, pues en esa ejecutiva, Cruz Salido se enfrentó a Negrín y se negó a tratar como traidores a los que habían apoyado a Casado, dimitiendo posteriormente de su puesto de enlace entre Ejecutiva y Comité de Evacuación. Mientras estos hechos ocurrían, Edmundo Domínguez y unos miles de refugiados más seguían bloqueados en las costas argelinas, pudiendo darse por afortunados mientras en la España bajo la ocupación franquista las ejecuciones se cobraban decenas y decenas de víctimas todos los días.

La división entre los socialistas era un hecho y sólo iba a crecer entre los exilados. Hay interpretaciones diversas sobre las causas de esa división: la evolución de la guerra, las decisiones tomadas, el impacto de las derrotas militares y la pérdida de la guerra y, sobre todo, las diferencias sobre como relacionarse con los comunistas parecen ser las más claras causas de la división, pero hay más elementos a destacar. Tras la caída de Barcelona, la ejecutiva del PSOE había facultado a Indalecio Prieto para marchar a México y negociar allí la recepción de los refugiados que por miles llegarían tras la inminente derrota. Estamos por tanto ante una decisión de partido en el que el acento principal se pone en cómo huir, cómo sobrevivir a la derrota y en facilitar la salvación de muchas vidas. El gobierno de la nación, presidido por Negrín, tenía otras responsabilidades; estaba al frente del Estado en una guerra atroz y que se estaba perdiendo claramente. El gobierno como tal debía hacer frente a esa situación y precisaba pleno apoyo a sus políticas de emergencia. Tras el Pacto de Munich quedó claro que la victoria era imposible pues la apuesta política de Francia e Inglaterra era el apaciguamiento a cualquier precio, entregando a Checoslovaquia a los nazis e, indirectamente, España a Franco. Después de Munich quedó absolutamente claro que no había nada que hacer salvo mantener una resistencia que forzase algún tipo de mediación internacional —pues la comunidad internacional deseaba que se acabase la guerra cuanto antes— y, en el caso de que todo fracasase, la permanencia sobre las armas y el control sobre la Armada podría tal vez permitir un repliegue militar hacia el sur y forzar una evacuación masiva. Ésta fue, muy resumidamente, la línea seguida por el presidente Negrín en los últimos meses y que exigía disciplina y sacrificio, además de gran valentía política para hacer frente a la tentación de huir o entregarse. La posición de Negrín y sus hombres —entre ellos Edmundo Domínguez— era muy diferente a la de Prieto, en México y preparando el exilio, y el alcance de sus responsabilidades muy otras. El golpe casadista y la entrada en él de destacados socialistas fue un golpe mortal a esa estrategia que, por muy desesperada que fuese, era quizá la única posible, salvo que se confiase en la actitud de Franco como interlocutor supuestamente fiable. Parece increíble que tras todo lo sucedido en el golpe y la guerra se creyese por parte de alguien con un mínimo sentido común que se podría llegar a un acuerdo con el dictador al frente de la «España nacional», ya completamente sumida en el fascismo, olvidando el carácter de guerra de exterminio que éste había impuesto desde el principio, pero así fue. Wenceslao Carrillo, Julián Besteiro y Antonio Pérez, miembros de la ejecutiva del PSOE apoyaron el movimiento golpista de Casado y le dieron cobertura política a su fantasmagórico Consejo Nacional de Defensa. Todo indica que se impuso un sentimiento ferozmente anticomunista que llegó a cegarles y a creer que su deseo de acabar la guerra tenía en los comunistas el único freno.

Indalecio Prieto y Negrín van a representar ya en el exilio dos líneas de actuación muy diferente, no solamente durante el periodo de la guerra. Abdón Mateos, que ha tratado con detalle la trayectoria de Prieto señala, curiosamente, que la causa de la separación final entre Negrín y Prieto no estaría en la valoración del golpe de Casado y la participación de socialistas en él. Escribe A. Mateos:

«La ruptura irreversible entre los dos amigos y hombres de estado socialistas se produjo el 7 de abril de 1939, una vez terminada la guerra. La causa no fueron las discrepancias sobre el final de la guerra, es decir, un posicionamiento de Indalecio Prieto a favor del pronunciamiento del Consejo de Defensa [obsérvese que Mateos no emplea la palabra ‘golpe’], en cuya dirección habían participado los también socialistas Julián Besteiro, Wenceslao Carrillo y Antonio Pérez. Para Prieto, aunque estuvieran equivocados y su determinación fuera contraproducente, no se les podía calificar de traidores. El propósito del Consejo había sido bienintencionado, aunque hubieran pecado de ingenuidad y hubieran precipitado un final desastroso de la guerra para la República. La razón de la ruptura estuvo motivada [afirma con rotundidad Mateos], en cambio, por la desautorización y desconfianza manifestada por Negrín hacia el líder socialista en sus gestiones para salvar bienes diversos del Estado republicano en América de la incautación o devolución a Franco»8.

Encontramos en esta posición —que es muy reciente y casi hasta podríamos decir que responde más a la «historia oficial» del PSOE que a una interpretación historiográfica independiente—, una lectura que olvida las profundas diferencias políticas de ambos dirigentes tanto sobre llevar adelante la política de guerra, primero, como la lucha en el exilio para recuperar la República después.

La derrota no tiene padres. No hay disputa por ser la causa de la derrota. Nadie quiere serlo. Un exilio tan largo, duro y con un origen tan terrible como fue el exilio español republicano no sería un ejemplo de debate sereno precisamente. Es precisa una gran capacidad de autocrítica y de serenidad para poder afrontar los errores propios, además de señalar los ajenos. La obra y la vida de Edmundo Domínguez Aragonés es un raro ejemplo de esta serenidad y firmeza. Marchó a México, sí. Reconstruyó allí su vida y sacó su familia adelante. Hizo cuanto pudo por reconstruir la UGT del exilio troceada por las contradicciones no resueltas de una guerra perdida. Se mantuvo siempre firme, pero también lúcido. Su apoyo a Negrín, también en el exilio, le granjeó su expulsión del  PSOE años después, en el marco de la lucha por el control de partido9.

Negrín no marchó a México. Se mantuvo en Londres en los años de la Segunda Guerra Mundial, la misma capital aliada donde estaban todos los gobiernos refugiados de un continente ocupado por el fascismo. Consideró, podemos decir que con acierto, que la suerte de España tras la Guerra Mundial, no se iba a decidir en México, sino que el gobierno en el exilio debería estar cerca de los centros de poder diplomático y militar aliado que serían decisivos en el futuro. Hoy conocemos mucho mejor aquellos años de esfuerzo y lucha por la República de Negrín, de Pablo de Azcárate, de Álvarez del Vayo, de tantos otros militantes socialistas que no se rindieron. Disponemos de una investigación reciente y de extraordinario alcance construida a partir de las memorias recuperadas del diplomático Pablo de Azcárate10, que han sido rescatadas y contextualizadas por Ángel Viñas. Se demuestra, creemos que se puede afirmar, que el problema no fue quien controlaba los recursos económicos del exilio español, como algunos autores han señalado, sino que radicaba en otras cuestiones más profundas. Para muchos socialistas, como para millones de españoles antifascistas, el golpe de Casado no tuvo justificación alguna y fue un triste y monstruoso final para una resistencia heroica del pueblo español. Pero ni mucho menos esta interpretación fue unánime entre los exilados. Prieto no solamente disputó el control de los recursos del exilio11, también estableció líneas de contacto político con los británicos, al margen y en oposición a los esfuerzos de Negrín en Londres y eso sí que sería grave. Conocemos el resultado final. Ni unos ni otros lograron éxito en su deseo de derribar a Franco y liberar España del fascismo. Los norteamericanos entraron en escena y la situación posterior a 1945 abrió a Franco y su régimen insospechadas posibilidades de futuro.

Edmundo Domínguez fue ugetista y socialista hasta el final de sus días. Nunca abandonó su ilusión de ver regresar a aquella España peregrina, exilada, retornar a su hogar, libre ya del fascismo. Supo siempre que el cegarse de la sinrazón y el prejuicio, nacidos del dolor de la derrota, serían el principal enemigo de los exilados, e hizo todo lo posible por lograr una unidad que sería imposible. Para él, como para muchos antiguos combatientes antifascistas, la unidad forjada en las trincheras y en la lucha fue sagrada, tuvo muy claro que el antifascismo debía ser la seña de identidad de todos los demócratas y la base para construir una España democrática futura, defendió siempre a sus compañeros comunistas, no porque él lo fuera, algo que ni remotamente fue así, sino porque sabía que el anticomunismo es la puerta del fascismo. 

En su vida en México12, siempre mantuvo los lazos con la UGT y el PSOE y abogó por restablecer la unidad entre los socialistas, pero la realidad del exilio y las barreras creadas le apartaron del centro de los acontecimientos. Su hijo Edmundo, nacido en España, pero con toda una vida en México ha glosado así el último año de la vida de ese hombre honrado y bueno que fue Edmundo Domínguez Aragonés:

«[Edmundo] reconocía que la Dictadura de Franco ‘va para largo’ y aceptó la realidad para incorporarse a México y nunca volvió a España. En noviembre de 1975, estando en el sanatorio, recuperándose de una operación, se enteró por la televisión de la muerte de Franco. Él había sobrevivido al Dictador y esto nos llenó de júbilo.

»Entonces decidí [habla E. Domínguez hijo] viajar a España por vez primera en mi vida. Ya había yo estado en varias ocasiones, en tránsito, en el aeropuerto de Barajas, pero nunca había ingresado al territorio de mi país natal, hasta que Franco murió.

»Estando de visita en mi casa en la ciudad de México, le invité a hacer el viaje conmigo. Recorreríamos España en automóvil. Declinó la invitación ‘Ve, tú serás mis ojos’, comentó.

»Lo hice. Viajé por España durante mes y medio, hasta culminar el viaje en Argentona, el pueblo donde nací y que está a treinta kilómetros de Barcelona. El día de mi nacimiento, Barcelona fue bombardeada por la aviación nazifascista.

»De España fui a Polonia y a Francia, países donde pasé un mes, regresando a México unos días antes de la fecha prevista porque de pronto sentí la imperiosa necesidad de regresar para narrarle a papá mi estancia en España.

»Nada más llegar a casa le llamé a Guadalajara y cuando contestó  le dije: ‘Estuve con mis hermanas, recorrí España y pisé la tumba de Franco, y el sábado estoy contigo para contarte todo’. Eran las cinco de la tarde del jueves 6 de junio de 1976.

»Tres horas y media después de hablar con él, a las 20:30 horas me llamó Aurora de Guadalajara para decirme que papá había muerto: ‘Había terminado de comer, comía unas uvas y bebía un poco de brandy. De pronto se levantó de la mesa y me dijo: Mujer, me siento algo mal; voy al baño y a recostarme un rato. Fue a la cama, se recostó, escuché un leve quejido y tu papá murió de un ataque al corazón. Sin mayor dolor y tranquilamente’.

»Hasta muy de mañana conseguí el vuelo a Guadalajara, acompañado por mi hermana Lucía que, en esas horas, bajo la impresión, el llanto y el dolor, confeccionó la bandera republicana.

»Lo enterramos con ella, poniéndola sobre su pecho. Mi comentario fue: ‘Pienso que esperó mi regreso para que confirmara lo que le había dicho yo al partir hacia España: voy a pisar la tumba de Franco y voy a ser tus ojos’. Este fue nuestro último verano. Este.»


Notas:

1 Sobre las causas y desarrollo inicial de la guerra pueden consultarse numerosas obras. Recomendamos por su 

extraordinario equilibrio y puesta al día, la obra de Helen Graham, Breve historia de la guerra civil. 

2 Vide: Graham, H., El PSOE en la Guerra Civil. Poder, crisis y derrota (1936-1939), Debate, Barcelona, 2005.

3 Vide: Comisariado delegado de guerra, Revista Comisario, edición facsimil, Junta de Extremadura, 1998.  La colección completa de la Revista Comisario, incluye varios artículos sobre las funciones del comisariado, incluidos algunos escritos por el propio Edmundo Domínguez.

4 Vide: Sueiro, D., La flota es roja, Silente, Guadalajara, 2006.

5 Viñas, A. y Hernández Sánchez, F., El desplome de la República, Crítica, Barcelona, 2009. Véanse todas las referencias a Edmundo Domínguez y la fabilidad que se le atribuye en esta acertada monografía. 

6 Domínguez Aragonés, E., Los vencedores de Negrín, Roca, México DF, 1976.

7 Vide: Domínguez Aragonés, E.,  op.cit, pp.21-23

8 Mateos, A. (coord.), Indalecio Prieto y la política española, Editorial Pablo Iglesias, Madrid, 2008, p.203.

9 Viñas, A., «Introducción», en Azcárate, P., En defensa de la República. Con Negrín en el exilio, Crítica, Barcelona, 2010, pp.7-21.

10 Azcárate, P., En defensa de la República. Con Negrín en el exilio, Crítica, Barcelona, 2010.

11 Mateos, A., La batalla de México. Final de la guerra civil y ayuda a los refugiados, 1939-1945, Alianza Editorial, Madrid, 2009.

12 Mendoza, Mª L. y Amieva, C., «Nota biográfica sobre Edmundo Domínguez», en Domínguez Aragonés, E., 

Los vencedores de Negrín, Roca, México DF, 1976.

Bibliografía:

Azcárate, P., En defensa de la República. Con Negrín en el exilio, Crítica, Barcelona, 2010.

Comisariado delegado de guerra, Revista COMISARIO, edición facsimil, Junta de Extremadura, 1998.

Domínguez Aragonés, E., Los vencedores de Negrín, Roca, México DF, 1976.

Esdaile, Ch., La quiebra del liberalismo (1808-1939), Crítica, Barcelona, 2001.

Graham, H., El PSOE en la Guerra Civil. Poder, crisis y derrota (1936-1939), Debate, Barcelona, 2005.

Mateos, A. (coord.), Indalecio Prieto y la política española, Editorial Pablo Iglesias, Madrid, 2008.

Mateos, A., La batalla de México. Final de la guerra civil y ayuda a los refugiados, 1939-1945, Alianza Editorial, Madrid, 2009.

Reig Tapia, A., La cruzada de 1936. Mito y memoria, Alianza Editorial, Madrid, 2006.

Sacane, E., 1936. La conspiración, Síntesis, Madrid, 2008.

Southworth, H.R., El lavado de cerebro de Francisco Franco. Conspiración y guerra civil, Crítica, Barcelona, 2000.

Sueiro, D., La flota es roja, Silente, Guadalajara, 2006.

Viñas, A. y Hernández Sánchez, F., El desplome de la República, Crítica, Barcelona, 2009.

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Zapatero, V. (coord.), Exilio. Catálogo de la exposición, Fundación Pablo Iglesias, Madrid, 2002.

Edmundo Domínguez Aragonés
(1889-1976)