Colección Memoria de Hierro

Obrero, socialista y hombre caval

Qué hermosa metáfora: El albañil que llegó a ministro. Qué frase tan redonda, tan directa, que resume en seis palabras tanto una trayectoria personal de ascenso social, como una realidad colectiva que pudo darse en otros tiempos, y que quizá hoy nos resultaría bastante más inverosímil.

Si miramos en términos de movilidad social, quizá hoy nos costara trabajo encontrar un recorrido vital semejante. ¿Podría en nuestros tiempos, en los tiempos de la universalización educativa y de la globalización, un hombre como Anastasio de Gracia alcanzar la categoría de ministro del gobierno de la Nación?

Los ejemplos a nuestro alcance no nos lo ponen fácil. Pero, en fin, dejemos esa reflexión y miremos un poco a la vida, y al trabajo, o los trabajos de Anastasio de Gracia Villarrubia.

Debo reconocer que pese a ser paisano mío, castellano—manchego como yo, poco conocía previamente de la figura de este albañil y sindicalista moracho —de Mora de Toledo—, que fue uno de los fundadores de la federación de albañiles de UGT, y que llegó a ser diputado —en las tres legislaturas de la II República— y ministro, primero de Industria y Comercio y posteriormente de Trabajo y Previsión, en ambos casos bajo la presidencia de Francisco Largo Caballero, entre septiembre de 1936 y mayo de 1937, época de fuertes convulsiones, años de plena guerra civil entre los españoles.

Hay que reconocer que Anastasio de Gracia no daba el perfil de un albañil convencional. Leyendo sus artículos —muchos de ellos muy oportunamente recuperados en este libro que debemos agradecer al empeño de la Fundación que lleva su nombre—, vemos en ellos, aparte de los temas, una prosa limpia, un estilo ágil y un castellano excelente. Eso nos habla, sobre todo, más allá de una formación escolar bien aprovechada, de un esfuerzo autodidacta constante y muy fecundo.

Muchas biografías de líderes obreros de la época y también anteriores nos refieren esa faceta del esfuerzo por la educación o del autodidactismo, tan frecuente en núcleos socialistas y anarquistas. No tenemos más que ver las del también toledano Anselmo Lorenzo —uno de los fundadores de la CNT—, o las de Facundo Perezagua o Francisco Mora, igualmente toledanos, para corroborar este aserto.

Los dirigentes obreros no tenían más remedio que suplir con esfuerzo, con lecturas, con horas robadas a la familia o al escaso ocio que pudieran disfrutar, para ponerse al nivel que de ellos exigían las circunstancias y formarse cultural y dialécticamente para defender los intereses de los trabajadores.

Leyendo los artículos de Anastasio de Gracia —su defensa cerrada de la jornada de 8 horas, los mecanismos de articulación de la representación obrera o sindical, las vicisitudes organizativas de la federación internacional o la española del sector de la Construcción, etc.—, me ha llamado la atención esta poderosa defensa de la libertad de crítica, de la libertad de palabra, toda una declaración de intenciones de tolerancia en el mejor de los sentidos y de espíritu antisectario, cuya vigencia nos sería muy necesaria en estos tiempos, y en todos los ámbitos —sindicales, pero también políticos, culturales etc.—. Escuchemos ya a Anastasio, en un artículo de 1930:

«El verdadero concepto de nuestra fuerza como organización consiste en dar las máximas facilidades a quien tenga necesidad de criticar, siempre que lo haga con elevación de intenciones. Mermar ese derecho, por nobles que sean los propósitos de que esté animado, nos parece inferir un daño a la organización, que puede ponernos en malas condiciones morales para realizar las críticas de las instituciones burguesas».

Qué lástima que esa tolerancia, esa defensa nítida de la libertad de crítica, no fuera la norma en esos años, ni por desgracia en los siguientes. 

Los artículos de Anastasio de Gracia recogidos en este libro nos hablan de su vertiente como dirigente sindical, como organizador de la Federación de la Construcción de UGT, pero también de su tarea como responsable político socialista, de su capacidad como analista, como observador de la realidad española en los turbulentos años de la Segunda República y la Guerra Civil.

La figura de Anastasio de Gracia es la de un socialista gradualista, un socialdemócrata —diríamos con la terminología de hoy—, nada proclive a los extremismos ni a los aventurerismos revolucionarios, pese a o quizá por el momento tan delicado por el que estaba atravesando la Nación.

Anastasio de Gracia se nos define aquí como un dirigente honesto, como un analista lúcido, como un trabajador consciente de las necesidades de su clase y de su país. Fue, sin duda, un obrero consecuente, un sindicalista combativo, un socialista riguroso y prudente; en definitiva, y no es poco, un hombre cabal.

Me parece especialmente relevante el último texto que se recoge en el libro, el que corresponde a su discurso, siendo ya ministro de Trabajo, en la conmemoración del 29 aniversario del Instituto Nacional de Previsión, una institución creada en 1908 por el gobierno conservador de Antonio Maura y que significó la primera piedra del entramado de nuestro actual Estado del Bienestar. En ese discurso, pronunciado en febrero de 1937, en plena Guerra Civil, De Gracia hace un llamamiento a la intervención de los poderes públicos en la protección de aspectos básicos de la vida de los trabajadores —seguro de retiro obrero, seguro de maternidad, seguro de accidentes de trabajo— para acabar ofreciendo la imagen de la España a la que como socialista aspiraba:

«Queremos hacer una patria en la que pueda pensarse libremente, en la que se trabaje honradamente, en la que se viva con dignidad…».

Creo que es difícil expresar con menos palabras un anhelo de libertad y de justicia que sin duda todos compartimos.

     Madrid, 6 de diciembre de 2011

José Bono Martínez
Presidente del Congreso de los Diputados

Anastasio de Gracia Villarrubia
(1890-1981)